Aladierno: "Rhamnus alaternus", arbusto o arbolillo siempreverde, de apariencia tremendamente variable, se cría en todo tipo de terrenos, y es nativo de la región mediterranea. Truncado: (del verbo truncar), cortar una parte a alguna cosa; dejar incompleto el sentido de lo que se escribe o lee; quitar a alguien las ilusiones o esperanzas.

domingo, 2 de agosto de 2015

Una de experimentos, costumbres, y complicaciones de la vida en verano.

'¿Dónde está tu hijo?' pregunté a mi mujer mientras estábamos pasando un rato en la playa. 'Creo que se ha ido con Xabier el primo por las rocas a buscar bichos, ya sabes...', fue la respuesta. Como a mí eso de estar tirado al sol en la arena mucho rato no me va, me dispuse a buscarlos con el pretexto extra de que 'alguien tiene que mirarlos vaya a ser que se hagan daño o lo que sea, ¿eh?'. Esa excusa me iba a conducir por caminos insospechados...
Unai estaba con su primo por las rocas al extremo éste de la playa, al que va hacia el puerto. Allí andaban los dos mirando caracolillos y quisquillas de entre los charquillos de agua de la marea baja, intentando pillarlos con una redecilla de esas que venden para los niños domingueros que van a la costa para el fin de semana. Cuando por fin llegué donde estaban, apenas me hicieron caso, tan ensimismados que andaban con sus cosas. Me acerqué a mi hijo y le pregunté '¿qué estáis cogiendo?'. 'Caracoles, que dice el primo que se pueden comer'. Se trataba de caracolillos de rocas (magurios creo que los llaman) que abundan por la zona.
'Pero Xabier, ¿tú te comes estos bichos?', pregunté a mi sobrino. 'Uhm', su respuesta, concentrado con la redecilla. '¿Y para los caracoles necesitas la redecilla?', le importuné de nuevo. 'No, es que ahora estoy cogiendo quisquillas también, ¿sabes? Mira, ¿sabes que se pueden comer? Yo me las como crudas'. '¡Coño con el niño!', pensé para mis adentros, e inmediatamente se lo hice saber a mi hijo. Después, le pedí al sobrino que nos hiciera una demostración de su habilidades de cazador/ recolector, a lo cual, sin dudarlo ni un instante, cogió por la cabeza a la más gorda de las quisquillas atrapadas en su redecilla, y de un bocado se la comió, tirando la cabeza aplastada al agua. Cogió otra como quien coge pipas del paquete y procedió de igual manera. Acto seguido, Unai, evidentemente envalentonado por la hazaña de su primo, dijo que a él también le gustaban las quisquillas crudas (aunque extrañamente él nunca antes las había probado). Y así sin más, cogió una quisquilla y emuló a su primo en todo menos en un casi imperceptible gesto de asco (no llegó a ser una arcada, todo hay que decirlo). Yo por ahí no pasé, pero el gesto de mi sobrino me animó a unirme a ellos en su campaña de marisqueo.
Al cabo de un rato yo ya tenía en mi bolsillo un buen puñado de caracolillos y algunas caracolas ligeramente más grandes que los caracolillos de los niños. Las había cogido porque a mí me sonaban que ya las había probado antes, posiblemente en el sur, en los veranos de mi infancia en Algeciras. Mi sobrino sin embargo me dijo que él nunca había comido esas caracolas. 'Qué va a saber el niño éste', pensé. Curiosamente, ninguno de mis cuñados había probado nunca esas caracolas, ni mis suegros tampoco. Intentando mostrar plena confianza en mis recuerdos infantiles, le aseguré a mi suegra que eran tan comestibles como los demás, y de esa forma ella cocinó las cinco caracolas junto con el montón de caracolillos para que las probáramos.
Ni qué decir que yo fui el único que comí las caracolas ese día. Ni tampoco que, pasados unos días después del experimento inicial de las caracolas, y después de pillar más caracolillos y caracolas (¡unas quince esta vez!), nadie de la familia se atrevió a probarlas, a pesar de allí estaba yo, vivito y coleando, como prueba clara del éxito de mi experimento inicial  con las caracolas.Y es que como todas las buenas costumbres, es difícil de hacer cambiar tan arraigados hábitos de... no comer algo. Consecuencia de lo cual, acabé comiéndome todas las caracolas de la segunda tanda yo solito.
Cuatro días más tarde, ya de vuelta en Londres solito y sin familia (como hace ya muchos veranos), me encontraba yo un jueves por la tarde/ noche con un cuadro de fiebre alta con fuertes temblores y dolor de cabeza, que me hizo pasar una noche insufrible y no ir a trabajar el viernes. Aunque el sábado me recuperé y hoy, estoy escribiendo esto (¡buf!). Nadie más de la familia en España ha tenido sintomas similares.


Stramonita haemastoma (foto de la Wikipedia), que según ictioterm.es, es un gasterópodo comestible y apreciado, pero no se comercializa. Que cada cual saque sus conclusiones.